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viernes, 16 de marzo de 2012

Nicasio Hernández Luquero y Julio Escobar Cubo.

La historia de Arévalo es ante todo, la historia de los hombres y mujeres que vivieron, que se esforzaron, que sintieron en Arévalo. Y si repasamos la lista de los que se han considerado célebres es indudable que a muchos de ellos les interesó el arte de la palabra: ya en la Edad Moderna destacaron el llamado Mancebo de Arévalo o Abraham Gómez Silveira y en nuestra época lo están haciendo ilustres como Eulogio Florentino Sanz, Emilio Romero Gómez, Nicasio Hernández Luquero o Julio Escobar Cubo. Hoy repasaremos muy brevemente la biografía de estos dos últimos:

Nicasio Hernández Luquero
(Montejo de Arévalo (Segovia), 1884 – Arévalo, 1975).

Miembro titular del Instituto de Cultura Hispánica. Miembro de número de la Institución Gran Duque de Alba.
Luquero cultivó varios géneros literarios: escribió  novelas como “El Ensueño Roto” o “Una Bala perdida”; tradujo obras clásicas como La Odisea de Homero o contemporáneas como las de Pirandello, Marinetti o Malraux y además destacó como cronista en artículos publicados en multitud de publicaciones arevalenses (El Despertar, El Heraldo...) y nacionales (El Liberal, El Norte de Castilla, El Adelantado de Segovia, Blanco y Negro...).


Julio Escobar Cubo
(Arévalo, 1901- Los Molinos (Madrid), 1994).

Hijo predilecto de Arévalo y adoptivo de Madrigal de las Altas Torres. Caballero del Capítulo Hispanoamericano del Corpus Christi de Toledo.
Fundó la publicación arevalense “La Llanura” y fue redactor en el diario madrileño “El Imparcial”.
Sus ensayos aparecen reunidos en “Azulejos españoles” (1947) y “Andar y ver” (1950).
Entre sus novelas destacan “El hidalgo de Madrigal” (1952); "Teresa y el cuervo” (1954); “Cinco mecanógrafas y un millonario” (1955); “Itinerario por las cocinas y bodegas de Castilla” (1965) o “El Novillo del Alba” (1970) con la que ganó el Premio Álvarez Quintero.

Estoy seguro que pronto podremos reconocer a otros muchos arevalenses que con sus letras nos emocionarán pues como pensó Samuel Johnson lo que con esfuerzo se escribe, generalmente, con placer se lee.

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